Desde el encuentro en Barcelona hasta el reencuentro en Madrid, el retrato de un baterista para quien la música y la amistad se construyen a partir de una misma atención hacia los demás.

Lo conocí en Barcelona, durante el periodo en que presentábamos el proyecto de jazz-teatro The AfterSound. Ya no puedo situar con precisión nuestro primer encuentro, pero recuerdo perfectamente la impresión que me dejó: un hombre sereno, atento, sin necesidad de convertir su experiencia musical en una tarjeta de presentación pronunciada en voz alta. Meses después, en Madrid, descubriría hasta qué punto su música se parecía fielmente a él.
En torno a los artistas suelen existir dos biografías. Una es pública y se construye a partir de escenarios, proyectos, colaboraciones y aplausos. La otra se encuentra en las conversaciones entre conciertos, en la manera en que alguien escucha, en los pequeños gestos y en su forma de relacionarse con los demás.
En el caso de Frank Durand, ambas biografías no se contradicen.
Frank es baterista, percusionista y músico cubano, formado en una cultura en la que el ritmo no constituye simplemente la base de la música, sino una de sus formas esenciales de pensamiento. En su interpretación confluyen el jazz, el funk, la música afrocubana y una experiencia adquirida en contextos artísticos muy distintos.
Pero una enumeración semejante dice muy poco sobre lo que sucede cuando se sienta a la batería.
Lo conocí en Barcelona durante los días de The AfterSound, en una época en la que la música ocupaba casi todas las conversaciones, incluso cuando no hablábamos directamente de ella. Nuestro espectáculo trataba de reunir el jazz y el teatro dentro de una misma construcción, sin que ninguno de los dos se convirtiera en el fondo del otro. En un contexto así, uno conoce a personas que se relacionan con la música a través de su reputación y a otras que lo hacen mediante un instinto mucho más profundo.
Frank pertenecía, evidentemente, a la segunda categoría.
No recuerdo con exactitud dónde nos conocimos ni cuáles fueron las primeras palabras que intercambiamos. Sí recuerdo, sin embargo, una de nuestras conversaciones fuera del escenario. No tuvo la solemnidad de una discusión sobre arte ni el aire de una confesión preparada para convertirse en cita. Fue una conversación natural, en la que descubrí a un hombre atento a cuanto se le decía y capaz de permanecer presente sin imponer su personalidad.
Esta forma de atención es más infrecuente de lo que parece.
En los ambientes artísticos, se habla a menudo de escuchar, pero se practica mucho menos. Muchas personas se limitan a esperar el momento en que podrán volver a hablar. Frank escucha sin prisas y sin transformar el diálogo en una competición.
Cuando volví a verlo en Madrid, en Recoletos Jazz, reconocí esa misma cualidad en su manera de tocar.
Durante las tres noches del proyecto The Latin Jazz Nights by Carlos Sarduy, Frank Durand estuvo en el escenario junto a Carlos Sarduy Dimet, Cecilia Krull, Marco Poingt, Dany Noel y Reinier Elizarde “El Negrón”. Era una formación en la que cada músico poseía una identidad poderosa y en la que el ritmo debía mantenerse lo bastante sólido como para sostener al conjunto, pero también lo suficientemente flexible como para permitir la improvisación.
Frank no trata la batería como un instrumento obligado a demostrar constantemente su existencia.
No busca cubrir todos los espacios libres ni confunde la energía con el volumen. A veces hace sentir su presencia a través de la intensidad y la complejidad. Otras veces, mediante una intervención breve, un desplazamiento del acento o una pausa que modifica el sentido de toda la frase musical.
Esta es una de las grandes cualidades de un baterista de jazz: no limitarse a mantener el tiempo, sino transformarlo.
El público suele seguir la melodía, la voz o el instrumento solista. Pero detrás de ellos existe una arquitectura rítmica de la que depende la libertad de todos. El baterista debe saber dónde se encuentra cada músico, anticipar los cambios y decidir, a veces en una fracción de segundo, si debe sostener, provocar o retirarse.
Frank Durand hace todo esto sin transmitir la impresión de que exista un cálculo.
En su música hay precisión, pero no rigidez. Hay fuerza, pero no agresividad. Existe la memoria rítmica de Cuba, pero no aparece como un signo folclórico aplicado sobre el jazz. Está integrada de forma orgánica en su manera de frasear y de construir la tensión.
En él, la polirritmia no es un adorno ni una demostración de virtuosismo.
Es un lenguaje.
Durante las noches de Recoletos Jazz, esta cualidad se hizo especialmente evidente en su diálogo con Carlos Sarduy. La trompeta de Carlos puede modificar rápidamente la dirección de una pieza: puede elevar la intensidad, fragmentar el tema, abrir un espacio inesperado o empujar al conjunto hacia una energía casi incandescente.
Frank no se limita a reaccionar ante estos cambios.
Los prolonga.
Entre ambos existe una complicidad musical construida no solo a partir de una experiencia compartida, sino también de una forma de confianza. Carlos puede arriesgar porque sabe que el ritmo no se derrumbará. Frank puede desplazar el centro de la pieza porque sabe que la trompeta comprenderá la invitación.
En un buen concierto, este tipo de relaciones no necesita explicaciones.
Se escucha.
Para mí fue interesante volver a verlo en este contexto, después del encuentro de Barcelona. A primera vista, el hombre discreto fuera del escenario y el baterista de gran energía podían parecer dos personalidades diferentes. En realidad, la fuente era la misma.
Frank no construye su presencia dominando a los demás.
Como persona, ofrece tiempo y espacio a la conversación. Como músico, ofrece exactamente lo mismo al conjunto. Sostiene a los demás sin volverse invisible y se afirma sin reducir la libertad de sus compañeros de escenario.
Esta combinación es difícil de alcanzar. En el arte, la generosidad puede convertirse en una modestia excesiva, mientras que la autoridad puede transformarse con facilidad en ego. Frank permanece entre ambos extremos. Conoce su valor, pero no siente la necesidad de anunciarlo antes de tocar.
La amistad puede modificar la manera en que contemplamos a un artista. A veces nos impide conservar la distancia necesaria para un retrato lúcido. Otras veces nos permite acceder a una dimensión que el escenario no puede mostrar por sí solo.
En el caso de Frank Durand, la cercanía personal me ayudó a comprender mejor al músico.
Fuera del escenario vi al hombre que no apresura una conversación, que no ocupa espacio de manera innecesaria y que parece saber que las relaciones verdaderas no se construyen mediante afirmaciones espectaculares. En Madrid reconocí esas mismas cualidades en la manera en que construía sus intervenciones musicales.
No todos los grandes momentos de un baterista son solos.
A veces, su valor reside en aquello que hace posible para los demás: una frase de trompeta que puede continuar, una voz que encuentra su lugar, un piano que se permite arriesgar o un conjunto que parece respirar como un solo organismo.

En Recoletos Jazz, Frank Durand fue una de las presencias esenciales de las tres noches, incluso cuando la atención del público se dirigía hacia otro músico.
Tal vez esta sea su forma más profunda de autoridad.
Lo conocí en Barcelona, en torno a un proyecto que intentaba unir el jazz y el teatro. Volví a verlo en Madrid, en un club donde el jazz conserva su intimidad y su libertad. Entre ambas ciudades se formó una amistad que no puedo reducir a un momento inaugural ni a una frase memorable.
Me queda, sin embargo, una certeza: a veces, el hombre que existe más allá del escenario no explica al músico, pero nos ayuda a escucharlo mejor.
Y en el caso de Frank Durand, el ritmo comienza mucho antes de que sus manos toquen la batería.
Andrei Slăvuțeanu





















